Un testigo de los fusilamientos en Torrero durante la Guerra Civil

1/11/03

ROBERTO MIRANDA (Zaragoza)

Ven la luz los cuadernos del capuchino Gumersindo de Estella

Gumersindo de Estella era un fraile capuchino que se tomó en serio su oficio. Predicó durante años en las misiones populares y no se cortó a la hora de reivindicar la creación de una circunscripción vasca en su congregación, lo que en el año 1937, con los requetés dominando Pamplona, le llevó a ser puesto por sus superiores en el primer tren que saliera para Zaragoza.

Así llegó aquel fraile castigado al convento capuchino de Torrero, situado entonces al otro lado del canal, donde se prestó a atender espiritualmente a los reos del bando republicano que casi todas las noches sacaban de la cárcel de Torrero en dirección a las tapias traseras del cementerio (detrás del mausoleo de Costa en aquella época), para ser fusilados.

Gumersindo de Estella, que en realidad se llamaba Martín Zubeldía (Estella 1880 - Pamplona 1974), se encargó de anotar en un cuaderno sus experiencias diarias: la llamada nocturna de víspera del director de la cárcel, la recogida con el coche del médico del penal a las 4.30 de la mañana, junto a otro fraile que diría la misa; el encuentro y la conversación con los reos, la porfía amable con ellos, muchas veces en vano, para que se confesaran, y su salida, cerca de las seis, acompañándoles junto a los guardias en un autocar hasta la tapia donde se encontraba ya preparado el pelotón. Su última asistencia, y la descarga.

Estos escritos han sido editados en un libro, "Fusilados en Zaragoza. 1936-1939", que tiene como subtítulo "Tres años de asistencia espiritual a los reos". Ha sido preparado por los historiadores capuchinos Tarsicio de Azcona y José Ángel Echevarría, editado por MIRA Editores y presentado ayer en Zaragoza por los citados religiosos, por el editor Joaquín Casanova, y por el profesor de Historia, Julián Casanova.

Por el libro desfilan datos estremecedores de primera mano:
«Ya antes de las cinco de la mañana del día 22 de septiembre de 1937 subíamos a la prisión el padre Víctor y yo en el auto del médico.
-¿Cuántos hay para ser ejecutados hoy?-, pregunté al entrar
-Tres mujeres y un hombre-, fue la contestación.
No pude contener un gesto de extrañeza y desagrado... Se llamaban Celia y Margarita... la tercera era una jovencita por nombre Simona...»

El relato entra en el momento en que, tras escuchar sus sollozos desgarradores, se abre una puerta y las ve. Las dos mujeres llevan a dos hijitas de pecho en sus brazos y no se querían desprender de ellas. El fraile describe cómo vestían, lo que decían, las conversaciones, el momento de arrancarles de los brazos a las niñas y aquella frase de la joven Simona al saltar del camión junto al cementerio: «Ya quedarán quienes vengarán nuestra muerte».

El Padre Gumersindo ve con pena un retrato de Franco sobre el altar de la capilla en la que invita a oír misa a los reos y siempre anota el reproche de éstos: «No quiero confesarme a una religión que me mata».

Los testimonios se suceden escalofriantes, intercalados con reflexiones que se hacía en aquellos momentos el sacerdote, triste por la toma de postura de una Iglesia a favor del bando que ordenaba aquellas muertes, sin defensas, juicios ni garantías. La mayoría de los reos desconocían la acusación que les llevaba al paredón. Tarsicio de Azcona destacó ayer que aquellos padres capuchinos de Torrero «nunca actuaron como oficiales burocráticos de nadie, ni cobraron por su asistencia espiritual», en tanto que José Ángel Echevarría indicaba que «la guerra no arregló nada». Julián Casanova valoró estos «testimonios históricos de gente común» e indicó que «mientras no salgan estas cosas ocultas no se puede hacer la reconciliación».

Fuente: El Periódico de Aragón. Edición impresa del día 1 de noviembre de 2003.

Una oración antes de morir. Heraldo de Aragón

27/10/03

Mira Editores publica las "Memorias" del padre Gumersindo de Estella, el capellán de los condenados a muerte durante la Guerra Civil y los primeros años de posguerra de la cárcel de Torrero. El libro, "Fusilados en Zaragoza, 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos", abarca de 1937 a 1942 y describe, con nombres de reos, las estampas del horror.

ANTÓN CASTRO. Zaragoza.

El padre Martín Zubeldía Inda (1880-1974) es conocido como Segismundo de Estella, con el cual firmó varios libros, dos manuales de literatura, entre ellos, y en especial uno realmente estremecedor: sus "Memorias", editadas ahora con un título un tanto inexacto, "Fusilados en Zaragoza, 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos" (Mira Editores). Las memorias han tenido una extraña suerte: las redactó hacia 1945 el sacerdote a la luz de sus minuciosos diarios de guerra, llenos de diálogos con los condenados a muerte en Torrero, tras un juicio sin garantía alguna; fueron reescritas de nuevo en torno a 1950; luego viajaron a Argentina para ser publicadas por la editorial Ekin, pero la tentativa fue abortada por "la influencia que la embajada española tenía sobre los vascos y la iglesia argentina, que hacía buenas migas con la española", según recuerda el historiador y teólogo José Ángel Echevarría en el prólogo a un libro desgarrador -"una contribución a la recuperación de nuestra memoria histórica colectiva, porque sólo recuperándola puede sanar"-, escrito desde el dolor y la impotencia.

En una de las páginas finales, ante el inmediato fusilamiento de un preso, dibujante canario que había hecho varios retratos del general Franco a pluma, dice Gumersindo de Estella: "Yo estaba a punto de estallar con un grito de ruego, de protesta, de compasión, como lo daría una madre. Pero la presencia de tantas personas de carácter oficial me contenía. ¿Contra quién iba a protestar...? Cualquier frase o sílaba era peligrosa". He ahí el tono general, la denuncia, y antes que eso, o a la par mismo, el sentido del deber: el consuelo final y la búsqueda de la salvación del alma del reo. El sacerdote siempre se pregunta: "¿Se salvó esta alma?".

El libro de Gumersindo de Estella había sido glosado en varias ocasiones o publicado parcialmente. Lo hizo hace más de veinte años, en "Andalán", Pablo Larrañeta; más tarde, Julián Casanova habló del personaje y de su dolorida perplejidad en varios de sus libros, y en "Trébede", el historiador Iván Ramos Fernández publicó un artículo en el define al capellán como "un cordero entre lobos". La expectación que había por leer estas memorias era enorme. Y la cumple absolutamente por la cantidad de historias humanas de seres con sus nombres que narra, por la caprichosa crueldad de la que es testigo y porque documenta asesinatos en Zaragoza, con pelos y señales, hasta 1942.

Gumersindo de Estella vino a Zaragoza como consecuencia de un destierro, más que de un traslado. Un hombre de su trayectoria, vinculado al nacionalismo, no era nada cómodo para el nuevo orden: había sido "guardián" o superior de los conventos de Fuenterrabía, Sangüesa o Estella y había desarrollado un amplio campo de acción evangélica en Navarra, Aragón (estuvo en Castiliscar y en Jaca, donde fue testigo de la ejecución de Galán y García Hernández), Guipúzcoa, Valencia o Vizcaya. Su caída en desgracia en su convento de Extramuros de Pamplona coincidió con el golpe de Estado. Todo eran presagios: oyó celebrar la insurrección por las calles al grito de "¡Ya está el gato en el costal! ¡Ya cae la República!", y de pronto empezaron a menudear los asesinatos, hasta un perro corría campo a través con un brazo humano entre los dientes. A la vez, las historias de las matanzas se multiplicaban sin compasión. "Sentí mi espíritu sobrecogido de terror -escribe-. Y del fondo de mi alma brotaba una protesta contra los asesinatos". Además, igual que otros compañeros, se mostraba en desacuerdo con su superior, el padre Ladislao de Yábar, que anunció un día: "Hoy comeremos gallinas requisadas en Guipúzcoa por nuestros valientes requetés". Al poco tiempo, detectadas sus reticencias, le dijeron que debía irse a Zaragoza "en el primer tren".

En Zaragoza, en especial en el barrio de Torrero, fue acogido con los brazos abiertos, en junio de 1937. Anota el historiador Tarsicio de Azcona, que traza una biografía del autor: "La comunidad de Torrero le encomendó la asistencia espiritual del hospital y de la cárcel". Cuando llegó a Zaragoza sintió algunas decepciones inmediatas: no se permitía el acceso de los sacerdotes a las cárceles y se lamentaba de que éstos "no hubiesen desplegado más caridad y más abnegación". Y también supo que a la gente se la fusilaba en Valdespartera o en Casablanca, aunque con el paso del tiempo, se eligió otro escenario macabro: las tapias del cementerio de Torrero, que estaban a unos 300 ó 400 metros de la cárcel y a medio kilómetro del convento donde vivía Gumersindo. El capellán de los presos era don Bernardo, delicado de salud, al que ofreció su ayuda: "Le dije que con sumo gusto me encargaría yo de un ministerio que es doloroso pero con el que se puede haber mucho bien a los infelices condenados a muerte; y que, aunque me había de causar una profundísima pena, me ofrecí a asistirles en la capilla y en el momento de la ejecución". Lo aceptó el director de la cárcel y el propio don Bernardo, para quien "era madrugar demasiado al levantarse a las cuatro o a las cinco de la mañana para un faena tan trágica y tan macabra".
Mujeres, con niña, abatidas

El 22 de junio, hacia las cuatro o las cinco de la madrugada, Gumersindo de Estella fue requerido para asistir a dos presos: Don Tregidio -que recordará que tiene una hija maestra y que "¡Siempre será la hija de un fusilado!"- y un joven catalán. Al capellán le disgusta la capilla improvisada, una antigua sala de jueces, y un retrato de Franco, que molestará y humillará a los condenados. Antes del fin, les da a besar el crucifijo.

La escena de la ejecución es tan emotiva como sombría: "¡Qué marcha tan triste...! Sesenta o setenta pasos amarguísimos para los infelices reos y para todo ser bien nacido que tenga un poco de corazón. (...) Don Tregidio exclamó: "¡Viva Dios y el socialismo!". De nuevo, gritó el comandante: "¡Fuego!" Y se oyó la fatal descarga. Ocho balas acribillaron el cuerpo de cada reo. Y cayeron de espaldas a tierra. (...) Y yo me acerqué para darles una santa unción y la absolución y rezar un responso. Eran las seis de la mañana. Ambos cadáveres estaban sobre un charco de sangre que regaba los tomillos que había en gran cantidad y se confundía con el rocío. Un teniente les dio dos tiros de pistola en la cabeza. El médico se acercó para ver si eran difuntos. Y los de la Hermandad de la Sangre de Cristo se dispusieron a colocarlos en las camillas y furgón para conducirlos al depósito reservado del cementerio".

Escenas como éstas se repiten noche tras noche en las "Memorias" de Gumersindo de Estella: los piquetes de fusiladores, la inclemencia, el horror esculpido en el rostro del reo (aquí se recogen sus nombres, su edad, su procedencia, las razones por las que están en la cárcel: banales a menudo o infundadas), la ausencia de justicia o de derecho a la defensa, el valor mortal de la delación y una frase obsesiva: "Apunten... Fuego". En septiembre de 1937 fueron ejecutadas tres mujeres y un hombre: Celia, que tenía a su marido anarquista luchando en el frente de Aragón; Margarita Navascués y Simona Blasco, de 22 años. Las dos primeras tenían hijas de meses, de menos de un año. Imploraban que fuesen ejecutados con ellas: "¡Por compasión, no me la roben. Que la maten conmigo! ¡Me la quiero llevar al otro mundo!", decía una. Y otra: "No quiero dejar a mi hija con estos verdugos!". Y añadían: "¡Tantos hombres para matar a tres mujeres!". Aquel fue un acto precipitado. Al capellán, tras el crimen, lo esperaban varias jóvenes de Acción Católica. Le dijeron que Simona Blasco rezaba mucho ante la Virgen del Pilar, que tenía un hermano en el bando de Franco (el mismo del brazo ejecutor) y que cuando oraba "se ponía garbanzos debajo de las rodillas para sufrir como penitencia, a fin de merecer que su hermano tuviera mucha suerte".

A TUMBOS, CON AYES Y ESTERTORES

Algo semejante ocurrió meses más tarde con la joven Nicolasa Aguirrezabalaga, a la que obligaron a confesar una delación que no había cometido, con una pistola en la sien, y luego usaron esa confesión de coartada para el ajusticiamiento. También narra la muerte del catedrático Aranda, junto a otra gente principal, tras haber sido sacado de la cárcel de Torrero o un impresionante bombardeo republicano sobre Torrero en el que murieron 25 personas. Entonces, prácticamente hasta el año 40 se realizaban dos métodos de asesinato: el fusilamiento y el garrote vil, que Gumersindo de Estrella describe con un verismo que deja sin aliento, como todo este libro, donde vemos "a los reos caminando hacia la tapia, de madrugada, dando tumbos, rotos, enloquecidos, llenos de furor, sus ojos desorbitados, como carne de fusil. Oímos sus gritos desesperados y sus ayes, sus respiraciones fuertes, su estertor". Y donde vemos al propio Estella, movido por "el celo apostólico, la salvación de las almas", que defiende la dignidad humana por encima de todo: "Una dignidad humana que se funda en la común filiación divina. Todos somos hijos de Dios". Gumersindo, además, se preocupaba por las familias de los ajusticiados y les daba noticia de sus últimas voluntades.

Fuente: Heraldo de Aragón, 26/10/2003